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De cuadernos, valijas, billetes, y de la naturaleza humana

De cuadernos, valijas, billetes, y de la naturaleza humana

Tocar fondo, a veces, es una de las mejores cosas que te pueden pasar. En materia de corrupción, y salvo por el pequeño detalle de no hallar algunos billetes faltantes, es lo que pareciera sucedernos.Según Charles Bukowski: «El único momento en que la …

Tocar fondo, a veces, es una de las mejores cosas que te pueden pasar. En materia de corrupción, y salvo por el pequeño detalle de no hallar algunos billetes faltantes, es lo que pareciera sucedernos.

Según Charles Bukowski: «El único momento en que la mayoría de la gente piensa en la injusticia es cuando les sucede a ellos». Y tal vez sea esto lo que nos ha hecho reaccionar como sociedad: darnos cuenta de que cada peso o dólar robado nos pertenecía, y que la expectativa de recupero es incierta y, en el mejor de los casos, parcial. Que la corrupción no es solo un acto aislado de «viveza» o «piolada», sino que se refleja en el nivel de vida y economía de este país que trata de escaparse del tercermundismo cuando se calza su mejor traje, y que a la vez no consigue remendar su ropa interior.

Existen dos frases que condicionan dramáticamente el comportamiento de la gente: «Todos lo hacen», y «si lo hago una vez, no pasa nada». Dos frases que como cañones destrozan la popa de una nación que se ve envuelta en un desfalco tan significativo que ninguno es capaz de cuantificar con cierta precisión.

El tema no es sencillo. La mayoría de los países intenta luchar contra la corrupción a través de políticas que aumenten la probabilidad de castigo y el impacto que conllevaría. En teoría esto provocaría un efecto disuasivo de participar en actos de corrupción en todo ser racional, ya que los costos del delito exceden los beneficios esperados. Este enfoque es interesante, pero a su vez incompleto. Los seres humanos no se comportan solo racionalmente, también son «animales morales» y, por ende, sus valores (en el nivel que se encuentren) condicionan sus actos

Hay además un tercer elemento no menor: la autoimagen. Resulta tremendamente doloroso para un ser humano mentalmente sano (si es que psicológicamente esta condición existe) verse envuelto en una trama de corrupción en la vidriera pública. Gente que debe enfrentar los ojos de su familia, amigos, compañeros, personal a cargo. A la mayoría de gente le gusta caminar libremente sin ser señalado.

Una luz en el camino: las investigaciones revelan que cuando las personas actúan de acuerdo con sus propios estándares morales, centros de recompensa en sus cerebros se activan. Esto podría explicar la importancia de, no solo sancionar el comportamiento incorrecto, sino incentivar las cosas bien hechas. Los individuos valoran la honestidad y el deseo de vivir éticamente ante sus propios ojos. Tal vez esta sea la explicación científica de lo que antiguos filósofos aseguraban sobre la relación entre ética y felicidad.

Entonces, desde el terreno legal estamos viendo un gran esfuerzo que deriva en la sanción de nueva normativa necesaria para la lucha contra la corrupción. Y, sin embargo, no vemos en agenda cuándo comienza el programa de gestión de cambio cultural ético (aspecto crítico de éxito de cualquier ley de ética pública o programa de compliance).

Es posible que hoy una inmensa parte de la población mire este partido desde la platea. Un juez y un fiscal citando empresarios y políticos que, arrepentidos o no, dan su versión de los hechos develando en el agregado una trama siniestra de corrupción sin precedentes. Mientras tanto, esos espectadores que se creen totalmente ajenos no lo son tanto. Ayer escuché de una persona a quien aprecio mucho: «Era obvio que estaba pasando esto, todos lo sabíamos, ¿pero qué podíamos hacer?». Es la frase prefecta que resume esa calidad de espectadores. Porque no es otra cosa que la mayoría de indignados que no aceptan más la corrupción, lo que va a blindar nuestro ambiente anticorrupción. No debemos aceptarlo más.

Es tan nefasto que nos haya pasado esto, que lo hayamos permitido como sociedad, como buena es la sensación que tenemos, que no lo permitiremos otra vez. Tal vez con esto estemos diciendo «Nunca Más» al sobreprecio en la obra pública, a la cometa, a las obras sin terminar ni controlar, y a las peores consecuencias que produce la falta de recursos en el lugar más necesario. Pareciera ser que de una vez por todas la corrupción nos está doliendo, quemando la piel. No la admitimos más.

El autor es profesor UCEMA. Director Certificación Internacional en Ética y Compliance. Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA.

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